Alfonso, voluntario en ‘Cantando Emociones’: «ser voluntario es entregar sin pensar en recibir»

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Compartimos el testimonio de Alfonso Calvo, voluntario en ‘Cantando Emociones’, sobre su visita a la Leonor tras meses de conversación telefónica.

Me gusta cantar. Cuando en febrero de 2021 la Fundación Telefónica (Madrid) me propuso participar como voluntario en un programa para cantar en residencias de ancianos, me pareció un regalo del cielo.

Inmediatamente recordé los tristes últimos años de vida de mi madre en una residencia y como intentar que los mayores canten sus canciones de juventud les ayuda a mejorar su calidad de vida, vinculándoles a un pasado que rememoran invariablemente con cariño.

La Fundación FADE (Fundación Ayuda Desarrollo Educación, Murcia) ha desarrollado el programa “Cantando emociones” para luchar contra la soledad de los mayores, a través de doce unidades didácticas elaboradas por el sociólogo y músico César García-Rincón.

Debido a la pandemia COVID-19, el programa no podía realizarse presencialmente en las residencias, por lo que era necesario contactar individualmente por teléfono con cada anciana para llevarlo a la práctica.

En mi caso, la Fundación FADE (a través de Nadia) me asignó a Leonor, una vital católica murciana de 94 años de edad, viuda y con un hijo a su cargo, que vive con una movilidad reducida en una silla de ruedas. Ninguna de estas adversas circunstancias le impide mantener una lúcida actitud favorable ante la vida; sólo lamenta los múltiples dolores que su cuerpo marchito le provoca.

A lo largo de seis meses de conversaciones y canciones con Leonor nos hemos intercambiado pinceladas de nuestras respectivas vidas. Creo que he salido ganando.

Ser voluntario es entregar sin pensar en recibir, pero la vida no funciona así. Las personas interactuamos bidireccionalmente y la actitud de Leonor ha transformado mi visión del futuro. Su actitud firme ante la vida, sus lecciones del pasado y la voluntad de continuar pese a las dificultades cotidianas son un ejemplo a imitar.

Durante mis vacaciones de julio en Alicante, propuse a FADE acercarme a su sede en Murcia. No sólo aceptaron la visita, sino que además me invitaron a conocer a Leonor en su casa.

Pese a que el día elegido coincidió con la primera gran ola de calor del verano (42 grados), persiguiendo las sombras callejeras llegamos hasta la huerta murciana donde reside Leonor. Nos recibió su hijo con todo el cariño de quien se siente apoyado por personas que sólo le han producido bien, ofreciéndonos su casa como un lugar en el que permanecer incondicionalmente.

Nadia, Leonor y yo iniciamos una animada conversación, heredera de nuestra experiencia telefónica previa. Aunque no nos hubiéramos visto anteriormente, tan largas y fructíferas conversaciones fueron un abrelatas emocional que facilitó continuar los temas en curso con independencia de la distancia, el lugar y la presencialidad. Aunque ciertamente, la convivencia (aunque sea a través de las obligadas mascarillas) es un elemento facilitador para el diálogo y la mayor complicidad.

Al terminar nuestra estancia, Leonor nos recitó de memoria un poema que aprendió hace cuarenta años sobre la vejez, que resume perfectamente cómo abordar positivamente esta singular época de la vida. Lo considero uno de los mayores regalos que he recibido en mi existencia y se ha constituido en un faro para mis años venideros.